Abro mi maleta para marcharme diez días. Con un pie en el año 2015 y otro en el 2016.

En mi afán por  adquirir el hábito de una vez por todas de empacar maletas pequeñas, con lo necesario, y con sentido común, me quedo mirando a ese jersey.
El  suéter que me acompañó en el pasado y me ha acompañado este 2015 tan redondo. Y lo meto en la maleta sin miramientos, sin supersticiones…y de pronto me pregunto para qué ocasión lo escogeré en el 2016. Y de pronto un pequeño vértigo… y de repente también un poco de emoción.
Echo por unos instantes la vista atrás y reparo en la idea de que hubo personas que me vieron con él puesto que ya nunca más volverán a advertir que el escote en la espalda es mi escote preferido. Y que el color negro siempre jugará en mi equipo.
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Y me doy cuenta de que hay personas que me vieron con él puesto, cualquier noche perezosa en la que sabes que es una apuesta segura. Y que esas mismas personas seguirán en mi vida en 2016 y sabrán perfectamente que en la ocasión en que  vuelva a ataviarme con él, será porque me hace sentir segura y porque no será un día para innovar. Y sabrán probablemente que me pintaré los labios de rojo porque hacen un match perfecto; y también sabrán exactamente cuál es mi estado de ánimo y con quién he quedado.
Y también advierto que hay personas que nunca me han visto con ese jersey -ni falta que les hace- porque esas personas no necesitan indicios; esas personas ya saben que el escote en la espalda es mi escote preferido; que nunca tengo suficiente ropa negra; que los días en que me pinto los labios de rojo se perciben a leguas, porque mi estado emocional me delata. Sabrán incluso qué canción está sonando mientras me visto con la citada prenda, y la canción que sonará la mañana siguiente.
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Sin apartar la mirada del jersey negro de punto seda, con la espalda totalmente descubierta y una lazada en la nuca, brotan involuntariamente ráfagas de imágenes de momentos lejanos y de los más actuales. Y no soy capaz de fantasear siquiera con una imagen futura. Esto no me genera ningún desasosiego. Lejos de alarmarme, me decanto finalmente por doblar este atavío e introducirlo en mi maleta con descomunal emoción. La emoción de sentir cómo en un instante y con un sólo gesto estoy despidiendo a este año que se va y dando paso al que quiere entrar. Y no me deshago de los recuerdos porque creo firmemente que el ser humano nunca tendrá poderes necesarios para exterminarlos. A ellos también los subo conmigo al tren y los traeré de vuelta aceptando que siempre seré resultado de cada una de mis vivencias, también de las que me hicieron daño.
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 Y me pregunto cuál de todas las veces que  he vestido este jersey he sido más feliz. Y soy incapaz de seleccionar sólo una de entre todas las demás. Me propongo entonces pedir un deseo y tampoco me siento muy capacitada; demasiada responsabilidad.
Y vuelve la borrasca de imágenes remotas y recientes y un denominador común…en las instantáneas que se me manifiestan nunca aparezco sola. Todos vosotros, quienes de alguna manera formáis o formastéis parte de mi vida inspiráis mis fantasías.
Y continúo sin  lograr pedir un deseo para este nuevo año. Quizás pedir más de lo que tengo sería muy codicioso. Y prosigo sin vislumbrar qué me deparará el año 2016. Pero cierro la maleta con una idea muy clara y es que vista la prenda que vista, se impregnará de las personas que me acompañan. Las personas fascinantes y admirables con las que pasaré estos próximos diez días y aquellas que completaréis mi viaje los trescientos cincuenta y cinco días restantes.
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Gracias.
¡Feliz 2016!
Érato.
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