Tener una hermana con Síndrome de Down es algo que te cambia la vida, que te hace diferente. Tenerte como hermana, María –“mi Gaiso” como te llamamos en casa- es la mayor suerte que he podido tener.

No fue fácil, a pesar de que tú siempre has tenido clara tu categoría de hermana mayor, a mí me costó más comprender el papel que yo debía desempeñar.

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No fue sencillo comprender ciertas cosas a tan escasa edad. No fue sencillo comprender que los demás niños te mirasen con detenimiento por la calle; o que tú no quisieras jugar todo el tiempo y prefirieras quedarte sentada sin hacer nada; o que yo ya supiera sumar cuando tú todavía tenías dificultades para hablar; nunca entendí que no te gustara ninguna “chuche” excepto las patatas onduladas ni que rechazaras cualquier revista del corazón siempre y cuando no fuese el “Hola”. Ni que tuvieras miedo a subirte a una silla pero te encantase montar en la montaña rusa una y mil veces o columpiarte hasta lo más alto en el parque. No fue sencillo pero fuimos capaces de encontrar nuestros puntos comunes.

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Descubrimos que cantar y bailar era un gran nexo de unión entre tú y yo,- esa hermana pequeña mandona que no siempre te comprendía-. Descubrimos que las series de televisión como “Cosas de casa”, “El príncipe de Bell Air” o “Farmacia de guardia” eran perfectos pretextos para pasar tiempo juntas. Que un buen día decidimos que los animales nos iban a dar miedo (a pesar de que teníamos a nuestro gato Tusi que nunca llegamos a acariciar) y a día de hoy no sobrellevamos un animal a menos de cinco metros de distancia. Y que a pesar de que aborrecías jugar a casi todo, pronto mostraste tu pasión por la natación, y a mí que ni fu ni fa, te seguía a donde fueras moviendo brazos y piernas, hasta las boyas de la playa de Getaria, hasta el infinito sólo por estar contigo el tiempo que fuera; hasta lo indeterminable de cualquier océano sólo por sentir que éramos igual de hermanas que cualquiera. O que éramos incalculablemente mejores.

Hoy con 28 años tú y 25 yo, no soy capaz de comprender por qué motivo me he empeñado siempre en ejercer en la praxis de hermana mayor cuando tú siempre lo has sido; no entiendo cómo he tardado tanto tiempo en ser consciente de que tú tenías muchas más cosas que enseñarme que yo.

Que de ti he aprendido lo más valioso de la vida.

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Que no hay Universidad sobre el globo terráqueo que sea capaz de instruir como tú lo haces. Que gracias a ti he aprendido a querer entregando el alma; que gracias a ti sé qué significa querer permanentemente; que tú me haces advertir lo sencillo de la vida, que siempre resulta ser lo más significativo.

Que estamos siempre intentando que seas como el resto de la gente – como los que no tenemos una discapacidad-  cuando la realidad es que nosotros deberíamos ser más como tú y punto.

Más como tú porque das valor a lo que realmente lo tiene; como tú porque eres eternamente fiel; como tú porque no engañas; como tú porque no ambicionas cosas extraordinarias sino que eres inmensamente feliz con lo que te rodea. Como tú, María, porque ver la imborrable sonrisa de tu cara es admirable. Como tú, mi Gaiso, porque ver que algunas veces soy la causante de esa sonrisa me engrandece.

 Más como tú y menos como el resto de la gente, porque a ti no te gustan los artificios, porque tú eres autenticidad.

No logro entender por qué quieres parecerte a mí, o por qué te empeñas en imitarme cuando tú eres tan increíble. Pero sea por el motivo que sea, es una gran responsabilidad que te fijes en mí, así que sólo espero no decepcionarte.

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Cuánto de lo que soy te  debo a ti, Gaiso, mi hermana,”mi hermana la mayor”. Yo, más imperfecta que tú, quiero tenerte siempre como referencia. Porque tú no te rindes. Porque tú luchas. Porque a ti la vida sí  te lo ha puesto difícil. Porque tú de las dificultades sales reforzada. Porque tú sabes demostrar todos los días que no sólo eres capaz de superar las trabas que esta sociedad te pone, sino que además eres capaz de brillar más que nadie. Porque tú sí que sabes detectar a las buenas personas, con ese radar que nunca falla – siendo sólo simpática con quienes consideras que son buenas personas – . Porque tú sabes verlo mejor que nadie. Porque tú eres una buena persona, de las difíciles de encontrar, libre de cualquier mancha como nadie más lo estamos.

Gracias María por dejarme comprobar que querer es mucho más gratificante que sentirse querida. Gracias mi Gaiso por sacarme una sonrisa todos los días, aunque ahora no estemos cerca. Gracias hermana, “mi hermana la mayor”, por no pedir nunca nada y regalarme tanto. Gracias por desear con todo tu corazón que la vida me trate bien porque eso me ayuda, porque como tú  bien dices: “He rezado la que más por ti, bonita, la que más” y te creo, y me llena de fuerza.

Que voy a ser imperfecta toda mi vida es incuestionable, pero en días como estos, compruebo que has ejercido de hermana mayor de una manera intachable. Que me has enseñado muchas más cosas de las que hasta ahora era consciente. Que cuando la vida te pone a prueba es fácil rendirse, es sencillo desplomarse. Pero tú no me dejas, tú no me lo permites, porque yo te miro a ti, y me sereno. Porque yo me miro en ti y me hago más fuerte. Porque si tú nunca te has dejado vencer por nada no me perdonarías que yo lo hiciera; sería egoísta y reprochable.

Gracias Gaiso, mi hermana, “mi hermana la mayor” por mostrarme lo esencial de la existencia y hacerlo de esta manera tan tuya y tan especial y por lograr que yo también sea un poco más auténtica.

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Érato.

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