Nunca me ha caído bien la gente que afirma tener una canción preferida.

Siempre he pensado que tener una canción favorita es síntoma de escuchar poca música. De ser muy conformista. Hay demasiado donde elegir, demasiados estilos, demasiadas canciones preciosas. Miles. Demasiados estados de ánimo a los que acompañar con una canción. Me parece imposible dar con la canción completa, la perfecta, la elegida.

No sé si será cosa mía, si será falta de madurez y miedo al compromiso con una canción.

Sé que si fuera algo más valiente, admitiría que se han roto mis esquemas. Que puede que yo, que me jacto de escuchar música sin control ni límite más allá que lo que mis pobres oídos pueden tolerar, haya encontrado mi canción favorita. Y lo digo con la boca pequeña, no vaya a ser que descubra algo mejor a la vuelta de la esquina. Porque me da vergüenza y me parece una falta de respeto para todas esas canciones que me encantan.  Miro de refilón el teclado y aprieto muy poco las teclas con las yemas de los dedos, con temor a que esta declaración quede fija y no haya vuelta atrás.  Pero creo que la he encontrado. No es la canción que más escucho. Ni con la que estoy más obsesionada. Tampoco es de uno de mis cantantes o grupos favoritos. Pero es la canción. La que nunca me deja indiferente. Aquélla cuya letra me hace llorar y cuya música no me deja parar de sonreír de oreja a oreja.

 

 

Calíope.

 

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