He leído artículos malos y luego está el de Juan Abreu  sobre la infidelidad.  Si el continente es sumamente pobre, el contenido no hay por dónde cogerlo.

Debo, sin embargo, agradecer al señor Abreu que se decidiera a escribir sobre tan puntilloso tema, porque ha logrado crisparme de tal manera, que por fin me decido a retomar la escritura.

Este artículo, ha sido quizás, la gota que colma el vaso. Ese vaso que se ha ido llenando en los últimos años  mientras contemplo, horrorizada, cómo se intenta imponer una normalidad absoluta sobre las infidelidades.

Permítanme, ustedes – los modernos, las progres, los contemporáneos y demás- que quiera mantenerme al margen, mejor dicho, bien lejos, de esa opinión que se pretende generalizar.

Francamente, me resulta detestable presenciar cómo aquéllos que son infieles se intentan resguardar en sus propias justificaciones. No por la repetición de un acto éste se convierte en legítimo. Y quien pretenda convertirlo en algo tal, merece mi más absoluto rechazo.

La infidelidad es un engaño,un error, y como tal, salvo grave tara psíquica, implica el consiguiente arrepentimiento por quien la comete. Un arrepentimiento sincero. Un arrepentimiento necesario, o nos estaremos rodeando de seres totalmente desalmados.

La infidelidad duele, señores. La infidelidad puede ser sexual, amorosa, de amistad… y siempre será una traición desgarradora.

Algunos hablan de que no existe la “exclusividad sexual”.  Abiertamente diré que a eso se le llama vicio, depravación, desvío, que no hay especialista que cure.

Dios me libre de negar a nadie que su cuerpo es suyo y puede hacer lo que quiera con él. Sí diré que me resulta aberrante que alguien decida tener pareja sin renunciar a los “placeres” que le reportaba su soltería.

Argumentar la infidelidad con testimonios basados en las necesidades más primarias de sus órganos sexuales, no sólo me parece retroceder millones de años en el tiempo, llegar a dejar de lado a la persona para dar paso al animal más rudimentario, sino tirar por tierra valores fundamentales y tan necesarios.

Se plantea abiertamente la falta de respeto hacia la pareja. El mantener relaciones sexuales con terceros/as. Se llega a hablar de la infidelidad sexual como una  “no infidelidad real”. Se habla de pactos, claúsulas, entre la pareja. De incumplimientos de esos pactos que en ningún caso tienen límite. De sexo con la vecina, con el portero, con la del bar de la esquina, el panadero, la del trabajo y al llegar a casa besito en la frente a tu mujer/ marido que es tu amor  verdadero por los siglos de los siglos. Y besitos también a tus hijos, pero fulano/a de ti, has preferido compartir tu tiempo libre con quien probablemente ni sepa que los tienes.

Y llegados a este punto, todavía nos echamos las manos a la cabeza cuando aparece un político corrupto más. Cuando observamos la falta de lealtad a los ciudadanos desde el ejecutivo. Cuando contemplamos día tras día injusticias. Tenemos una gran crisis financiera, de acuerdo. Pero la principal crisis está en la sociedad, en cada individuo.  Y esa es  la que necesita una reforma más urgente.

Me niego a creer que todos nos vamos a contagiar de esta gran epidemia del “eso lo hace todo el mundo, a ver qué te crees”. Me niego a dejar de creer que existe el amor para toda la vida. Me niego a considerar siquiera la idea de no compartir mi vida con alguien que tenga los mismos principios que yo. Que quiera inculcar a sus hijos los mismos valores que yo. Me niego simple y llanamente porque todavía creo en las personas. Porque atiborrada de escuchar perogrulladas de quienes se creen han avanzado una época más allá, todavía espero estemos a tiempo algunos de demostrar que no nos afectan sus problemas; el gran problema de tener una vida tan vacía como para compartir su cuerpo a diestro y siniestro y estar, al fin y al cabo, siempre tan solos.  Que enamorarse es lo más bonito que puede sucederte en la vida, y si además, se puede compartir el resto de tus días con esa persona, eso, eso es una suerte, no una desgracia como parece vienen afirmando algunos.

Ante tanta corruptela y degeneración, no me resigno. No abandono, porque todavía retengo la imagen de mis abuelos enamorados.

Gracias, abuelos, por legarme vuestros momentos. Por mostrarme vuestra adoración mutua. Vuestro amor inmenso. Vuestro respeto absoluto. Esas caras de felicidad y satisfacción siempre. Y gracias a ti, abuelo, por no dejar de agarrar la mano de la abuela, en los diez años que estuvo postrada en una cama. Gracias, por permitirme ver cómo cada noche seguías dándole un beso y diciendo cuánto la querías, por si su alzeimer se lo hacía olvidar al día siguiente.  Seguro que gracias a ti, ella seguía sintiéndose guapísima. Y que  tu única necesidad fuera seguir durmiendo a su lado cada noche. Yo me quedo con eso.

Érato

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