Si alguna vez escribo un libro -cosa harto dudosa, por otra parte, si tenemos en cuenta que la perseverancia y yo nunca hemos sido buenas compañeras- sólo hay una cosa que tengo clara: cómo será mi protagonista.

Será una chica, porque siempre he tenido cierta debilidad por las protagonistas femeninas, quizá por aquellas tonterías acerca de la empatía y la identificación con el personaje.

Poco importa su descripción física, puesto que ella, aunque perfectamente consciente de su aspecto, siempre querrá hacer ver que no le presta demasiada atención, aunque resulte evidente que no es así. Una de esas chicas con una belleza natural, capaz de pasar desapercibida o parar un tren si así se lo propone, que se queja de melena indomable y tiene debilidad por las gominolas.

No son sus logros lo que la definen, sino sus amores. Una chica de letras y arte. De libros, discos, poemas y retratos, de clásicos y contemporáneos; con las matemáticas siempre bailando a su alrededor como cuenta pendiente, recordatorio continuo de su imperfección y sus rabietas juveniles.

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De principios sólidos, carácter firme y lágrimas fáciles. Impulsiva y sentimental, en la acepción más pasional del término. Peleona, defensora de las causas perdidas, de las que nunca se callan y siempre tienen algo que decir. Con un odio irracional hacia los estampados de lunares y las patatas fritas.

Del Real Madrid, en parte por tradición familiar, en parte por llevar la contraria a una tierra en la que el equipo blanco no es el chico más popular de la clase. Y es que ella es una experta en eso de llevar la contraria, jamás se rinde en una batalla y siempre le quedan argumentos.

Ante todo, una chica inteligente. No una de esas aparentes inteligencias que se disfrazan de montañas de libros, aforismos latinos o las últimas novedades culturales del panorama internacional. Inteligencia en mayúsculas, la que no hay que demostrar porque simplemente está ahí, se percibe nada más conocerla y que en muchas ocasiones queda patente en los dilemas más sencillos. Una de esas inteligencias que es, también, su peor enemiga. Porque le hace ser muy exigente y perfeccionista en todos los ámbitos de su vida y la corona como reina de la indecisión.

Pesimista de libro, no se avergüenza de mostrar su fragilidad a los demás, y ello, aunque no sé dé cuenta, la hace más respetada. Cabezona y orgullosa, con un problema de organización temporal que hace que siempre vaya acumulando tareas para última hora y sea de apuntarse a los planes en el último momento. También un poco soberbia, como todo aquel que se sabe inteligente. Coherente en sus contradicciones, como toda mujer que se precie, muy familiar, un poco perezosa y  con una risa que queda registrada allá donde va.

Algo ingenua, pero con la habilidad de hacerte creer todo lo que dice, aun cuando la mitad del tiempo sólo esté tratando de tomarte el pelo. Pero tú siempre te la crees. Porque te fías de ella, porque es ese tipo de personas que generan confianza en quienes la conocen, de esas que están siempre al otro lado del teléfono.

Una chica con la que reír, hablar y llorar. Con la que aburrirse es divertido.

En definitiva, una chica normal; pero para nada una chica corriente. Completa y radicalmente distinta a mí, pero, en lo esencial, bastante parecida.

C.

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