Sí. Lo acabo de decidir, miércoles 14 de noviembre a las 22:35. Los recientes acontecimientos me han hecho reflexionar. Basta ya.

Ahora bien, una cosa quede clara, no pienso hacer una huelga al uso porque básicamente creo que no reporta ningún beneficio. ¿Dejar de trabajar? ¿Yo? Oigan, si ustedes son de esos caraduras inocentes que viven en la casa de gominola de la calle de la piruleta como decía Homer Simpson (ídolo de masas, ya ven) pueden ir bajando de la nube porque yo les aseguro, desde mi limitada y humilde perspectiva, que no tiene ningún sentido.

Explíquenme ustedes la relación causal, hoy en día, entre dejar de trabajar y reivindicar en aras de nuestros derechos. Porque yo, no lo acabo de ver. En concreto, entiendo que todo este rollo estaba muy bien en plena revolución industrial, abusos inhumanos del patrón, la paralización industrial como moneda de cambio, buscar la defensa de la dignidad del trabajador por el único medio posible. Pero, para que vamos a engañarnos, las cosas ya no son así. Que si ustedes – o yo – quieren – o queremos – reclamar el cumplimiento de todos esos derechos que nuestra magnánima Constitución garantiza, hay medios perfectamente válidos, véase manifestaciones, multitudinarias marchas, escritos, iniciativas legislativas populares, recogidas de firmas, acceso a medios de comunicación, difusión de un mensaje de protesta por esos maravillosos medios electrónicos que tanto nos gustan. Que vale, que sí, que es complicado, que “no se nos escucha”, que cuesta mucho y que no siempre es efectivo. Ay, he ahí el meollo del asunto. Vayamos a lo sencillo, un día de no madrugar, no ir a trabajar, pasar el día tranquilamente, agitar un banderín y pegar cuatro pegatinas. Por nosotros, por nuestro país (ejem), por nuestros derechos. Revolución obrera al asalto de los maleantes del gobierno (que los hay, ojo). Sé que es simplificar el drama y hacer algo de demagogia, pero vamos a ver, que alguien me explique –por favor- cual es la eficacia de una huelga como la de hoy, porque yo, por más que busco (y prometo que lo intento y reintento) no la encuentro.

 

Me parece bien la reivindicación y la crítica, luchar por lo que debe ser, la sociedad exigente con sus gobernantes, como se es exigente en las relaciones familiares amistosas o de pareja. Hasta ahí todos de acuerdo. Lo que me parece anacrónico es “paralizar” el país. Vacaciones para todos. Un día más de holgazaneo, de seguir al rebaño, que entre noviembre y diciembre andamos escasos puentes y festivos.

Por no entrar en temas más delicados, como que los niños no van al colegio (servicios mínimos y a clase todo el mundo, si no se puede avanzar materia, pues a leer todo el día, pero aquí, ¡oh novedad!, a fomentar en familia la cultura del mínimo esfuerzo, que es la que más nos gusta), los piquetes “infomativos” (que me da la risa), el no respetar a quién opta por trabajar (educando, una vez más, a las nuevas generaciones en la cultura del esfuerzo, la tolerancia y el respeto a los demás), los dirigentes sindicales haciendo el paripé, los ‘tuitstars’ de turno saboreando las mieles de una huelga desde el sofá, Willy Toledo (perdone, ¿quién?) y lo mejor de todo, dejar la ciudad como si hubiese vomitado toda una planta residual de panfletos durante tres días. Que queremos más ayudas pero casi primero preferimos gastarnos el dinero en “publicidad” y luego que ustedes se lo gasten en limpiar. Que estamos velando por el bien común, oigan. Luchando por nuestros derechos. Que no sé que hace usted ahí, trabajando, ganándose el sueldo, ofreciendo un servicio. Que no, que no, que no lo entiende.

“Niña, no entres a la biblioteca, que hoy es día de huelga”.

Así no se lucha. Que los que trabajamos no podemos permitirnos días gratuitos, que esto no remonta sólo; que los que no trabajamos no podemos permitirnos el lujo de perder ni un día en nuestra formación. Que si la vida son dos días, no podemos pasar uno en huelga. Que si queremos protestar, protestemos, pero no en este tono quejica, sino desde el esfuerzo. Luchando como debería ser la única –y utópica-  lucha: dialogando, negociando, cediendo. Sí, escucho sus gritos desde aquí: que no tendrá éxito, que fácil decirlo, que así no logramos nada, que una huelga tiene más impacto. Pues de verdad, insisto, díganme que hemos logrado hoy, porque no consigo entenderlo. Qué cambiará mañana que no se nos olvide pasado.

Quitando hierro al asunto (disculpen el discurso), retomo lo prometido en el primer párrafo y anuncio solemnemente que de aquí en adelante comienza mi particular huelga.

No va dirigida a los gobernantes de la nación, ni a los de mi casa, ni a mis jefes, ni a mis amigos. Voy a hacer una “Auto-huelga”, podríamos decir. Reivindicar contra mí misma. Me parece que si tan disconforme estoy con el declive de la sociedad no estaría mal mirar un poco más hacia adentro y menos hacia fuera. Que la crisis no es sólo económica, sino también de valores (y de esa no hay rescate en el mundo que nos libre). Así que voy a comenzar por lo fácil y voy a hacer huelga contra mis malos hábitos. Contra mi impuntualidad, mi pereza, mi poca constancia, mi adicción a las redes sociales. Contra mis promesas incumplidas, mi desorden y mis uñas mal pintadas. Contra el tiempo libre mal empleado. Si leo, que me cause admiración; si escucho música, que me emocione; si veo la televisión, que aprenda algo; si escribo, que alguien lo lea.

Rebélate contra ti mismo, y luego nos rebelamos juntos contra el mundo. Reflexiones fugaces, caóticas e impulsivas sobre el 14-N.

Calíope.

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