Para los que estamos más cerca de los libros de texto, de entrar en una papelería y comprar provisiones suficientes para sobrevivir a un asedio o de estrenar una mochila que de huir al levante español en cuanto acecha el frío o aparecer en la farmacia cargados de recetas rojas, el 1 de septiembre (o su primer lunes, en su defecto) es una fecha clave. Es nuestro 1 de enero. Se acabó lo bueno y hay que centrarse. Da igual si por esa fecha ya estamos trabajando o seguimos de vacaciones, porque lo cierto es que la rutina del inicio de curso está impresa en nosotros y es tiempo de nuevos propósitos, hacer listas, coger fuerzas y empezar a cumplir todos aquellos objetivos que contemplábamos desde la hamaca mientras decíamos con acalorada convicción “en septiembre me pongo”.

Estos son los míos:

  • Limitar el consumo de cafeína. Ella y yo empezamos a tener una dependencia enfermiza, así que más nos vale andar con pies de plomo antes de que lleguen los reproches.

  • Conseguir estas horquillas.

  • Leer En el camino, de Jack Kerouac.

“Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”

  • Ponerme triste. Sí. Ese es el plan. No sé si es algo que le pasa a la gente normal, pero a mí en ocasiones me gusta ponerme triste deliberadamente. Tienes uno de esos días de apatía total, en los que sin motivo alguno lo que más apetece es compadecerse de uno mismo, porque el cielo está muy gris, ya no eres tan joven como lo eras ayer o simplemente no te sientes con fuerzas de salir de casa. En tales circunstancias, la música ayuda. Si eres de los que necesitan provocar una pequeña caída para seguir avanzando, escucha:

  • Pintarme los labios de este color.

  • Comprarme esta pulsera. O este anillo.

      Son de À Bicyclette, creación de las hermanas Silvia y Yolanda García.

  • Ser MUY ordenada. No tengo claro todavía si tengo que ordenar primero mi cabeza para poder ordenar los aspectos exteriores y tangibles de mi vida, o será una vez haya ordenado mis armarios, mis horarios y mis relaciones cuando pueda ordenar mis ideas.

  • Cortarme el pelo. Así. Me da bastante miedo y en mi familia no hay consenso, pero creo que me voy a lanzar. Parece mentira cómo algo tan insignificante como un corte de pelo puede darte ánimos para afrontar un nuevo “curso”, sintiéndote una nueva persona. Eso si me queda bien, claro. Si no, a encerrarse, tirar la llave y entregarme a mi objetivo número cuatro en cuerpo y alma.

  • Aprender a tocar la guitarra. Cuando ya tenía asumido lo descabellado de intentar emular a Paco de Lucía con Entre dos aguas, descubro a Rodrigo y Gabriela.  Se complica la cosa; ahora, además de llegar a su nivel (imposible por mi parte, evidentemente), tengo que buscarme a un Rodrigo.
  • Hacerme con una agenda, preferiblemente como ésta, de Mr. Wonderful. Para motivar mi día a día y hacer un tenaz seguimiento del cumplimiento de mis propósitos.

 

Soy consciente de que me gusta más hablar que hacer y que prometo más de lo que cumplo, pero me empiezo a dar cuenta de que lo importante de esta fecha no es tanto el éxito de mis objetivos (con la cafeína, por de pronto, tengo la batalla perdida) sino el conseguir renovar el ánimo e ilusionarse, como cuando estrenabas una caja de pinturas de mil colores y perfectamente colocadas, mirando atentamente el folio, ante una infinidad de posibilidades.

Queda visto para sentencia.

Calíope.

P.D, Érato vuelve mañana mismo a la rutina, con tantos o más propósitos que yo. Entre otros, prometemos actualizaciones más frecuentes.

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