Así es cómo comienza la canción de Sabina, “a la orilla de la chimenea”. Es sin duda una de mis canciones preferidas de este poeta de la música, pero ya se sabe eso de que cuando  se deja de escuchar una canción un largo período de tiempo, se coge con otras ganas.

Y eso es lo que me ocurrió la semana pasada. Hacía aproximadamente dos años que no me deleitaba con estos excelentes versos y pensé en quién solía ser el canalla de  Joaquín Sabina – véase  “y sin embargo”,  “mis tres mujeres”,  “19 días y 500 noches – y en quién parece que le transforma sea quien sea la persona por la que dice todas esas cosas.

Y me sentí identificada con Joaquín Sabina; – yo, ni tan canalla antes, ni tan poeta ahora-  sentí  celos del mismísimo autor de “y nos dieron las 10 y las 11…” por saber plasmar tan bien este estado que hace un tiempo también siento mío.

Pero siempre he sido de escribir en momentos dramáticos; desamores, despedidas, rabietas… todo cuanto pueda hacerme llorar desconsoladamente siempre me ha incitado a   la escritura. Esto va a ser más complicado.

 Ahora solamente queda echar la vista atrás, hará cerca de dos años. Justo cuando no entendía cómo Sabina podía ser tan calzonazos.  Justo cuando me repetía una y otra vez que “esas cosas no me pasarán a mí”.  Cuando mis frases más repetidas eran “yo nunca toleraría eso” o “por ahí sí que no paso”.  Justo cuando yo nunca en la vida tendría celos. Cuando hablaba del perdón tan a la ligera. Justo cuando odiaba las sorpresas, las flores y demás cursilerías. O cuando nunca me enamoraría de alguien de mi edad, ni de alguien que no viviera en mi misma ciudad, ni de alguien que irremediablemente a veces me sacara de quicio.

Fue justo en ese preciso instante, justo antes de conocer la infinita complicidad; de conocer cada mirada, de palpitar con una caricia. Justo antes de conocer mi inmensa capacidad de entregar cuerpo y alma. Justo antes de recibir tantísimo. Antes de ceder y desesperar por  partes iguales. De maldecir y después recular. De darme cabezazos y saltar de alegría. Y volver a saltar de alegría.  Todo esto era justo antes de estar dispuesta a hacer casi todo. Antes de ser incluso a veces empalagosa. Antes de confiar en alguien. Justo antes de que algún llanto hubiera merecido la pena. Justo antes de entender que hay que tener esa maldita paciencia. Justo antes de que me quedara sin el guión que tanto me había costado elaborar. O antes de que me dejaras sin palabras.  Justo antes de haber creado un lenguaje común y exclusivo. Justo antes de que sólo me gustaran las películas en las que aparecieran un chico y una chica a punto de besarse. Justo antes de tener interés por la economía, o  antes de haber conocido los distintos tipos de vino.  Justo antes de creer. O antes de comprobar que todo sigue su curso y de que me encanta ese curso que todo sigue. Justo antes de descubrir que no es imposible sorprenderme. Justo antes de saber que yo también puedo ponerme cursi y decir que fue después, justo después de conocerte.

” Érato”

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