Miro al reloj. Las 17:21h. Tengo mucho calor. Intento abrir la ventana, no hay manera. Estiro, giro, aprieto, empujo, vuelvo a estirar; sin éxito.  Miro a la camarera y le hago señales. Me ignora. Siento que una hormiga me recorre la espalda, noto un cosquilleo. Rompo a sudar, me quito la chaqueta. Mi libro me mira impasible, sigo en la página 53 desde hace media hora.  ¿Soy yo o es éste el único rincón del Mediterráneo donde la brisa marina brilla por su ausencia? Idiota, la ventana está cerrada. Me duele la cabeza.

Busco una goma de pelo desesperadamente en mi bolso. Remuevo bultos y bultos, no encuentro nada que se le parezca. Se me cae el bolso al suelo, ruedan barras de labios, monedas y un sinfín de inutilidades hasta el rincón más alejado del café. Nadie mueve un dedo. En este país desapareció la solidaridad el día que Zapatero pronuncio –por fin- la palabra crisis. Me agacho, me duelen las rodillas, recojo, me muevo en cuclillas por el local, vuelvo a mi silla. Qué calor. La camarera sigue sin hacerme caso. Me cojo un moño con un lápiz que ha caído de mi bolso. Me pica la pierna. Miro la hora, mi reloj debe de haberse parado. Vuelvo a leer el mismo párrafo por octava vez. La otra pierna, cosquilleo, hormiga. Se me nubla la vista. Me abanico con una servilleta. Los vaqueros me aprietan. Me ronda un moscardón, noto su zumbido en la oreja. Tengo sed. Se me deshace el moño, se cae el lápiz, renuncio a perseguirlo.

Miro el reloj. Las 17:23h.

Te has ido y no he sido capaz de evitarlo. Esa sensación.

 

Queda visto para sentencia.

Calíope.

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