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“Con ganas de volar”

 

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Desde el momento que acabé las prácticas del grado superior de Educación Infantil, mi ventana se abrió al mundo, al mundo laboral, trabajando en una escuela infantil.

Dejé que los niños me enseñaran a mí, cada día aprendía capacidades y competencias que poco a poco a base de errores y equivocaciones, fui adquiriendo. Capacidades como la firmeza, la paciencia y la constancia, que en el día a día se ponen “a prueba” en el trabajo con niños. Me costaba mucho ser firme con ellos, era muy cariñosa y no me gustaba ponerme seria cuando habían hecho algo mal, mi voz era tan suave que ni se me oía entre el bullicio de los niños. Con el tiempo aprendí a activarme y a ser firme con mis alumnos en los momentos necesarios y a elevar la voz por encima de la de ellos. Aprendí a tener “ojos y manos para todo” ojos para cada niño y sus necesidades.

Con el tiempo, sentí muy dentro de mí ciertas ganas de “volar” hacia un futuro profesional mejor, y surgió cierta ambición por estudiar la diplomatura de Magisterio en Educación Infantil, con la idea de ampliar mi curriculum y la posibilidad futura de trabajar en un colegio. En la universidad, a pesar de que pasas a un ambiente más competitivo y de mayor exigencia académica, te guías por tu propio interes y curiosidad por los estudios y eso me hizo más autónoma. El trato de mis compañeros de universidad fue enriquecedor por la diferencias entre nosotros y no tanto por mi sindrome de down. Lo que más me costó fue enfrentarme a los prejuicios de algunos profesores y estar constantemente demostrando que era capaz, eso me hizo esforzarme más en algunas asignaturas. Pero también hubo cosas buenas, destaco la diversión y el compañerismo. En el camino del proyecto de vida, ante las dificultades, es importante ser positivos siempre, no estar “parados”, aprovechar las oportunidades de formación, porque vivir la vida es mirar al horizonte y soñar.

Miriam Vicente Irujo

Maestra en Educación Infantil

Cuadernos de Pedagogía, Nº 468, Sección Historias mínimas, Junio 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISSN-ISSN: 2386-6322

“Nuevos Retos”

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Un reto escolar al que se tuvieron que enfrentar mis padres fue si podría hacer bachillerato o no, había muchas dudas acerca de hasta dónde podría llegar. Al finalizar la ESO, me hicieron unas pruebas de valoración y llegaron a la conlusión de que podía seguir en el colegio y realizar Bachillerato, para orientarme hacia un módulo de Formación Profesional. Durante este periodo de estudios superiores, no tuve adaptación curricular, pero si medidas facilitadoras, cómo hacer bachillerato en tres años repartiendo asignaturas de 1º y 2º simultáneamente, además de recibir apoyo en algunas asignaturas. La idea de poder hacer bachillerato en tres años, fue para mis padres y para mis profesores, una esperanza por la que luchar. Superar con éxito Bachillerato fue para mí, mi primer mayor reto.

 

Cuando salí del colegio, algo tenía claro, me gustaban los niños y estar con ellos me resultaba gratificante. Así que decidí hacer el Grado superior de Técnico en Educación Infantil.

 

Me matriculé sin hacer selectividad, ya que para acceder solo era necesario tener buena nota en bachillerato y la tuve. El curso eran dos años, el primer año clases y el segundo año prácticas en una escuela infantil. Cuando finaliza el colegio y se comienzan estudios superiores universitarios, nos enfrentamos a un ambiente nuevo, desconocido y  genera  inseguridad en uno mismo. Reconozco que  me costo un poquito más adaptarme, ya que de algún modo a la hora de darnos a conocer en un ambiente nuevo, se conocen en la convivencia “las limitaciones de cada uno sin afecto” y en mi caso, se puso a prueba de nuevo mi aceptación social, que estaba tan influida por “las miradas”. Fue un año “difícil” pero que me llevo a madurar, a creer en mí misma más allá de “cómo me miren”. Descubrí mi pasión por la enseñanza y educación, las prácticas fueron “como una ventana abierta al mundo de las oportunidades”.

 

 

Miriam Vicente Irujo

 

Maestra en Educación Infantil

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadernos de Pedagogía, Nº 467, Sección Historias mínimas, Mayo 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISSN-ISSN: 2386-6322

 

“Colores oscuros”

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En este artículo, quisiera transmitir como he superado  las barreras y dificultades propias de la adolescencia, primera fase de mi aceptación.

Si la adolescencia es una etapa dura “para todos”, lo es más para las personas con discapacidad, que tienen la doble tarea interior de aceptarse y prepararse para defenderse de la “mirada” de los otros. Y transmitir en la educación esta capacidad,  no solo depende de uno mismo, sino de cómo sea la actitud  y el comportamiento de los que tengamos alrededor.

Podemos mirar con “buenos ojos” tratando a la persona con discapacidad como una más, queriéndola, viendo lo bueno de ella y ayudarle… o con “malos ojos” es decir, mirando las apariencias, fijándonos solo en lo negativo y en sus limitaciones.

Yo sentí esto cuando empecé secundaria, era muy insegura y me afectaba mucho “cómo me mirasen” para mi propia aceptación en mi clase. No me sentía preparada para aceptarme a mí misma, ni para defenderme de la “mirada” de los otros. Lo pasé mal, me comparaba con las demás e incluso con mis amigas de siempre. En el colegio estaba aparentemente normal, pero poco a poco inconscientemente me apartaba cada vez más de mi gente, del propio mundo en el que vivía y me trasladaba a otra sociedad a la que pertenecía, la compuesta por personas con Síndrome de Down. Algo así como los iguales con los iguales y los diferentes con los diferentes.

Tan solo fueron los comienzos del camino hacia la madurez y la aceptación, que como humanos este trayecto dura toda la vida.  Me encerré en mí misma y me refugié en el estudio, la lectura y la escritura. Escribir fue en esos años la manera de desahogarme de mi propio “yo”, escritos que encerré en un “cajón” para pasar página y mirar hacia nuevos retos.

Todos debemos pasar por conocer los “colores negros, grises” del abanico de la vida y      salir resilientes, fortalecidos de ellos.

 

 

Miriam Vicente

 

Maestra en Educación Infantil

 

 

 

 

 

 

 

Cuadernos de Pedagogía, Nº 466, Sección Historias mínimas, Abril 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISSN-ISSN: 2386-6322

“Descubrir el mundo”

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La etapa en la que el niño/a empieza a desarrollar su autonomía y a hacer grandes progresos, es en la Educación Primaria. Para mí como para cualquier niño con  discapacidad, es una experiencia de integración exigente, que debe trabajarse desde un primer momento de forma conjunta entre profesores del colegio, profesor de apoyo y familia.

 

En mi caso, comenzar en un colegio ordinario sin experiencia en el Síndrome de Down, fue un reto, ya que  hace 26 años la integración no estaba extendida y se iniciaban las primeras experiencias en algunos colegios de Pamplona. Con dudas, mis padres decidieron que mientras pudiera, iría al mismo colegio que mis hermanas.

 

Destaco la labor de los profesores de apoyo que tuve, que con esfuerzo y cariño, me ayudaron a llegar a los objetivos académicos de cada curso, además de ayudarme personalmente en mi educación y formación. Cada año me reforzaban en  matemáticas y lengua que era donde tenía más dificultad. Al final de cada curso conseguía llegar al  nivel de mis compañeras, solo necesitaba más tiempo para entender.

 

Los años de Primaria en general, ayudan a descubrir el mundo que tenemos alrededor y las relaciones son fáciles. Mis compañeras de clase eran “las amigas de juegos” y solíamos jugar en los recreos al escondite, a cromos, a la comba, a cartas, al balón prisionero…etc. En el colegio, crecimos en  un ambiente  familiar, donde los profesores nos ayudaban mucho,  siempre se mantuvieron firmes y exigentes para sacar lo mejor de cada uno.

 

Fue en esta época cuando comencé a conocer mis habilidades e intereses. Entre las tareas, me solían mandar hacer redacciones contando los fines de semana, me gustaba inventar y escribir pequeños cuentos y descubrí mi afición por la pintura y la música.

 

La escritura, la pintura, la música…“colores primarios a enseñar” necesarios y básicos para construir y configurar  el abanico de la vida.

 

 

 

Miriam Vicente

Maestra de educación infantil

 

Cuadernos de Pedagogía, Nº 465, Sección Historias mínimas, Marzo 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISBN-ISSN: 2386-6322

“Respetar el ritmo, transmitir el afecto”

 

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Me gustaría en este artículo, aportar ciertas pinceladas sobre el tema de la estimulación, papel  importante a trabajar desde la educación familiar.

En mi experiencia,  en aquellos años de preescolar y etapa infantil,  puedo decir que es muy importante trabajar partiendo del juego y de lo cotidiano, en el que se  involucra a toda la familia. La diversión  es fundamental en esta etapa educativa, se trata de crear y facilitar experiencias de aprendizajes nuevas y con el tiempo hábitos de trabajo.

Cuando pienso en esa época recuerdo mi pasión por los juegos y el mundo de la lectura y de la fantasía. Me encantaba leer. A los 5 años ya empezaba a leer libros y a los 8 años a escribir historias y cuentos. Cierto es también, que mi torpeza física me llevó a caminar según mi madre “muchos meses después” de mi hermana pequeña, lo que fue motivo de comparaciones constantes.

Todos sabemos lo importante que son los primeros años en la educación de los hijos.  Deseo animar  tanto a  los padres primerizos con hijos pequeños como a aquellos que han tenido un hijo/a con discapacidad, que se enfrentan con  miedo e incertidumbre si será aceptado  o no en el colegio, si aprenderá a leer y a escribir, si será feliz…

Lo importante en la educación familiar, es ser constante en el día a día, creer en vuestro hijo/a,  para que él pueda creer en sí mismo. Nada hay peor en educación que hacer comparaciones, cada hijo es único e irrepetible, debemos respetar su ritmo de aprendizaje y transmitirles el afecto posible para que encuentre él mismo seguridad y una autoestima positiva.

Con  comprensión y paciencia, hay que saber exigir para crear hábitos que favorezcan el desarrollo personal, las habilidades sociales  y con ello  la adaptación social.

En esta primera infancia, toda intervención educativa debería ser un trabajo conjunto entre familia y centro educativo, con los apoyos adecuados.

 

Miriam Vicente

Maestra de educación infantil

 

Cuadernos de Pedagogía, Nº 464, Sección Historias mínimas, Febrero 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISBN-ISSN: 2386-6322

“Desde mi ventana”

En esta sección quisiera presentar  desde mi “ventana”, diferentes trazos de mi proceso de maduración y desarrollo.

Además quisiera aportar desde mi “ventana” no solo mi proceso sino intercalar mis opiniones y experiencias sobre determinados temas educativos, para que sea mas variado  los temas de mis artículos, ya que las facetas de la vida son como un abanico de colores que deseo que cada uno vea desde su ventana. Deseo fervientemente disfruten de mi columna  con dosis de optimismo, muy  necesario para todos los que de alguna manera nos dedicamos a transmitir valores a los niños.

 

Sección:” Me presento”

Nací en Pamplona en 1985, aquel día  los médicos dijeron a mis padres que tenía  un Síndrome de Down “mosaico”.  Consiste en que hay algunas células con trisomía 21 y otras no. Les dijeron que era prácticamente lo mismo que el Síndrome de Down pero en un grado más leve que se da en el 1,5% de la población con Sindrome de Down.

Soy la segunda de 5 hermanos.  Mi hermana mayor  tiene un año más  y con mi otra hermana me llevo solo 11 meses.  Con ellas he jugado, discutido, reído… etc , éramos como las tres mellizas

Todo hay que decirlo y es que a pesar de estar todo el día juntas, éramos muy diferentes.  Ellas tenían una gran habilidad para la actividad física, yo en cambio con mi cardiopatía y cierta fragilidad, no tenía habilidad hacia el deporte pero sí hacía otras cosas. Me solía decantar por juegos tranquilos,  musicales y suaves al tacto. Me he preguntado muchas veces el porqué de esas diferencias tan marcadas en aficiones con mis hermanas. Tal vez la llegada de dos hermanos cambiara el tipo de juegos, ellos se solían revelar al rol  femenino que le dábamos. Pero nunca consiguieron sacarme de mi mundo de “fantasía” y la que deseo desbordar en cada artículo…  ¡allá vamos!

 

Miriam Vicente Irujo

Maestra en Educación Infantil

 

Fuente: Cuadernos de Pedagogía, Nº 463, Sección Historias mínimas, Enero 2016, Editorial Wolters Kluwer, ISBN-ISSN: 2386-6322

TESTIMONIO DE VIDA

Este estremecedor testimonio se publicó hace dos años.

 

 

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“Hace 10 años mi madre escribió para la Revista Sindrome de Down. Ella escribió un artículo sobre mi desarrollo y evolución en las áreas de la educación, la psicología, la personalidad, destacando los logros obtenidos y dificultades presentadas a lo largo de mis primeros 18 años. Fue en la Revista Vol. 20 del mes de Diciembre del 2003, cuando también escribí mi primer pequeño artículo contando cómo fue mi adolescencia. Quisiera retomar para contar mi vida desde entonces, ya que esa etapa me marcó. De esta manera quisiera transmitir también, cómo he superado las barreras sociales propias de la etapa adulta, que me han llevado a ser una mujer madura con un proyecto de vida.

¿Cómo surgió la idea de escribir este artículo?

La causa de escribir este artículo es para dar una nueva cara sobre el testimonio que escribí a mis 18 años, ya que transmitía en ese artículo mi visión negativa y rechazo hacía mí misma y hacia mis limitaciones. Lo voy a intentar, espero conseguirlo.

 

Vivencias de la adolescente que fui

En la revista Sindrome de Down decía: “lo pasé mal, me comparaba con los demás e incluso con mis amigas de siempre. Me encerré en mi misma”. Efectivamente me comparaba, sentí una gran barrera de distanciamiento hacia mis compañeras de clase “me apartaba cada vez más de mis amigas, del propio mundo en el que vivía y me trasladaba a otra sociedad a la que pertenecía, la compuesta por personas con Sindrome de Down”.  Fue para mí una etapa dura, además de compararme percibía otras barreras; la actitud sobreprotectora de mis compañeras y profesoras y la “mirada” de los otros.
La mayoría de compañeras me miraban con “buenos ojos” me trataban como una más, me querían, veían lo bueno de mí misma y me ayudaban. En cambio, percibía en otras chicas de clase otro tipo de “mirada” era como si me mirasen desde fuera, no miraban más allá de mi cara infantil y sus comentarios me hacían sentirme pequeña y frágil ante ellas, “tenía miedo”

Realmente no estaba preparada para aceptarme a mí misma ni para defenderme de la “mirada” de los otros. Superé este bache con la ayuda de mi familia. La fase de aceptación de nosotros mismos siempre duele y aceptar que tengo Sindrome de Down mosaico es “el mejor escudo que nos protege de la sociedad, de la gente que no respeta a las personas con alguna deficiencia y que los hace tontos por nacer así”

 

Grado Superior en Educación Infantil  

Uno de los retos últimos que contaba mi madre en su artículo fue superar con éxito el bachillerato, demostré que podía y así fue.  Desde que salí del colegio y con los años, he ido madurando a pasos agigantados, tenía claro que me gustaban los niños así que decidí por mí misma (y no por lo que decía en aquel momento mis padres y el CREENA) hacer el grado de FP en Educación Infantil.

Fueron dos años un poco duros, ya no estaba en mi entorno escolar y protector de siempre y me sentía insegura conmigo misma y con el ambiente que tenía. Me costó  enfrentarme con mis  compañeras y profesores, en aquel momento era muy tímida. Al pasar primer curso, las cosas cambiaron, los estudios me iban muy bien y sacaba todo sobresalientes y a pesar de las diferencias  que tenía con las demás, tuve la oportunidad de conocer a todas trabajando en equipo e hice amigas. En segundo curso hice las prácticas en  una guardería, elegí una guardería privada de la que había oído hablar y aunque tardé un mes en empezar me mereció la pena la espera. Mi integración en la guardería fue muy buena, me fui adaptando a la jornada de prácticas, a mis compañeras, al aula y a los niños, sin duda era una más. Fue en las prácticas cuando descubrí mi vocación hacia los niños y hacia la enseñanza. No olvidaré mi último día de prácticas  en el que la directora me ofreció trabajar en la guardería como auxiliar, tuve suerte porque me pusieron en la misma aula con la misma compañera que había tenido como tutora de prácticas y ya nos conocíamos.

Gracias  a esta experiencia conocí mucho más la dinámica de trabajo, me dejaban dar clases, leerles cuentos, encargarme del aseo, de la siesta, llevar la asamblea de la mañana, ayudar en el comedor…etc. Sin duda, desarrollé  la paciencia, perseverancia y constancia en el trato con los niños en el día a día y aprendí a trabajar en equipo. Pasé de dominar a solo 15 niños que tuve en las prácticas a 25 niños, me puse firme y seria aunque me costaba serlo porque se me caía la baba con los niños y no me gustaba gritarles, me solían llamar para darles de comer o jugar con ellos, siempre estaba rodeada de niños.

Fue una experiencia inolvidable que disfruté mucho y que me ayudó a madurar, a ser independiente, a abrirme mucho más con los demás y a salir de mí misma, además de ganar un dinerillo y tener mi propio número de cuenta en el banco para mis gastos.

 

La Universidad

Empecé a tener curiosidad por hacer magisterio infantil ya que si lo hacía ampliaría mi formación y la posibilidad de trabajar en un colegio. Fui a jornada de puertas abiertas, hice la admisión, la nota de corte de ese año para entrar era de 7- 7,5 y había una larga lista de espera de 500 personas para 75 plazas que se ofertaban para la diplomatura de magisterio en educación infantil. Con el 8 de media del curso de FP, fui una de las admitidas.

El primer año nos dieron mucha caña, en la universidad la gente iba muy por su cuenta, unos iban a una asignatura otros a otra… estábamos todas las especialidades juntos y éramos muchos, así que era imposible saber que compañeros eran de mi misma especialidad. La incertidumbre de no conocer a nadie, de no saber cómo iban a ser los profesores, el curso, las  compañeras que iba a tener durante el año… y el cambio que supuso para mí pasar a la universidad pública me resultó un año duro.

A partir del segundo año la cosa mejoró, cada especialidad ya tenía su grupo clase por separado, fue ahí donde empecé a conocer a mis compañeros, y se notaba muy buen ambiente de compañerismo. Los estudios me fueron muy bien las asignaturas me resultaban muy interesantes, como plástica, Música, Psicomotricidad…

Lo más difícil a lo que tuve que enfrentarme en la universidad fue a algunas profesoras/es que por sus prejuicios e ideas  les llevaban a tener una idea errónea de mí. Me hicieron trabajar mucho más duro, tenía que estar constantemente demostrando quien era y que realmente podía. No me sentía  preparada para defenderme de la  “mala mirada” de los otros y aprendí a base de golpes y roces con algunos profesores y más de algún comentario. Una profesora en concreto, que conocía mi caso, me hizo repetir un trabajo después de Navidad, por no haber añadido 3 autores  más, nunca olvidaré aquello, ya que me pegue todas las vacaciones de  Navidad haciendo este trabajo. Lo peor fue que en Semana Santa me devolvió el trabajo entero y me hizo imprimirlo todo de nuevo añadiendo otros autores nuevos que todavía me faltaban meter en el trabajo. No sé cómo terminé aprobando esa asignatura.

En el tiempo de la universidad me solía decir a  mí misma estas palabras “prefiero que no me conozcan” porque así pasaba desapercibida y sin problemas. La doble tarea interior de aceptarme y prepararme para defenderme de la “mirada” de los otros, es una tarea que tendré toda la vida y que dependerá siempre no solo de mí misma, sino de la actitud  y el comportamiento de los demás. He conocido a lo largo de los años a mucha gente y con ello muchos tipos de miradas de las que de algún modo sigo sintiendo miedo y motivo por el que muchas veces dependo  tanto del qué dirán y pensarán de mí. Esto de algún modo nos pasa a todos en determinados momentos de la vida, y por mucho que otros se empeñen de corregir nuestros sentimientos y dependencias, es algo que solamente se hace desde el interior de cada uno y yo soy de esas a las que les cuesta un poquito más esta tarea.

 

Llegó la vida laboral

Se me abrió las puertas del trabajo después de haber estado un semestre y un verano en paro, tiempo que me dediqué a estudiar inglés en el instituto de idiomas, desde entonces no he soltado el estudio del inglés estos años y actualmente he alcanzado un nivel intermedio.  En la misma guardería en la que hice prácticas y trabajé durante un año, necesitaban a alguien para una sustitución por baja maternal, tenían muchos curriculums  pero la misma compañera que tuve como tutora se acordó de mí y tuve suerte porque me cogieron. La sustitución era de inicios de septiembre al 15 de octubre día que recibí la noticia de que siguiera, así que me renovaron el contrato hasta Navidad y en Navidad me renovaron hasta junio. Llevo así desde entonces y este año que comienza 2013-14 va a ser ya mi tercer año en la guardería. Tengo un contrato temporal de septiembre a junio con un horario de mañana de 9 a 14’15, con posibilidad de servicio de comedor, mis funciones principalmente son dar apoyo en las clases de 1 y 2 años y en ocasiones dar la clase de inglés.

He desarrollado además de autonomía,  habilidades de todo tipo como a mantener la calma en momentos puntuales como el funcionamiento de salidas, servicio de comedor y siestas, donde desarrollas la capacidad de estar en varias cosas a la vez como puede ser atender a un grupo de 16 niños de un año y conforme van viniendo de comedor cambiar pañales. Es un trabajo que requiere tener “ojos para todo”  ojos para cada niño y sus necesidades, además de cumplir con el horario y las rutinas, jugar con ellos, cantarles y enseñarles conceptos como los colores, los animales, las partes del cuerpo… etc que vienen en la programación didáctica del curso. Estoy muy contenta con mi trabajo, en estos años he adquirido mucha experiencia ya que voy aprendiendo de mis errores y eso me ha llevado a tender hacia la mejora en mi forma de trabajar. Gracias al mundo laboral en el que ahora vivo día a día, me ha llevado a entrar en el mundo de los adultos, a hacerme cargo de las responsabilidades y derechos que conlleva y a través de ese papel formar parte de la sociedad.

 

Cambios en mi vida social

A lo largo de los años he ido adquiriendo cada vez más seguridad en mí misma y con el entorno, aunque hasta ahora no he sido del todo consciente de mis propias limitaciones, si  lo soy ahora.  El camino de la madurez no es fácil para nadie y menos para las personas con Síndrome de Down.  De ahí que “Las personas con Síndrome de Down son más vulnerables que el resto de la población y necesitan más apoyos para integrarse socialmente, para aceptarse a sí mismas, para tener una mayor confianza en sus propios logros y para conseguir una mayor seguridad” (Beatriz Garvía). 

Personalmente, como la realidad es distinta a la teoría, me he ido encontrando en la sociedad con muchas personas que tienen ese tipo de mirada infantilizante y sobreprotectora hacia  el otro y como en cada una de esas miradas entraña un juicio- o más bien un prejuicio- y una calificación- casi siempre errónea, sobre  las personas con Síndrome de Down. Enfrentarme a este tipo de personas me lleva a tener que demostrar constantemente quien soy y de las muchas cosas buenas que puedo hacer. Según explica Beatriz Garvía en su artículo  Identidad y bienestar emocional “debemos cambiar la mirada que dirigimos a las personas con Síndrome de Down y no ver sólo lo que no pueden hacer” pienso que esto tanto a mí como a las personas con Síndrome de Down, limita las relaciones con los demás,  ya que hacemos un doble esfuerzo por llevarnos bien con el otro y que nos acepte,  este esfuerzo  es algo que los demás no lo perciben.

Por hablar algo de mis experiencias podría decir que he dejado de ser esa persona tímida y miedosa a ser una más, a tener relación con todo tipo de personas y a formar parte de grupos con diferentes finalidades como grupo de amigos para planes y salidas de fin de semana, grupo de compañeras del colegio, grupo con compañeras de trabajo o para actividades formativas entre otras. A lo largo de los años, me he adaptado socialmente sin problemas a las nuevas tecnologías en concreto al uso de la red social Facebook y al whatsApp en los que tengo varios grupos de chat con amigos, grupos ya mencionados. 

Todo hay que decirlo y es que a veces la adicción a estas tecnologías nos distrae, independientemente de que sea una persona con algún tipo de discapacidad o no lo sea, cualquiera puede caer. Por experiencia, recomiendo a los adolescentes que tengan cuidado con el uso del whatsApp, con los iconos que se ponen y sobre todo a no contestar impulsivamente sin pensar primero en lo que decimos. En cuanto a los grupos de chat que se crean con el whatsApp, es prudente ser cuidadosos con los comentarios que se hacen, a veces se pierden relaciones por haber mal interpretado un comentario o a no hablarse más por algo que se ha dicho en el whatsApp,  ya que pueden generar conflicto entre amigos.

Personalmente, yo utilizo esta herramienta para quedar los fines de semana, para informar sobre actividades o planes y para conversar con personas a las que no veo entre semana o que viven fuera. Pero lo que más me gusta es poder ver a mis amigos y estar con ellos cara a cara, sea tomando una caña o un café, o en una cena, es el tipo de plan que más frecuento actualmente. Disfruto en general de mi vida social aunque como a todos nos pasa, las relaciones personales conforme vamos creciendo cambian, y eso me ha llevado a ser más selecta a la hora de elegir el tipo de amigos que quiero tener, pero esto se acaba convirtiendo en una dificultad para conocer gente y hacer amigos nuevos y esta tarea es un reto que todos tenemos que asumir para querer a los que nos rodean.

Han sido muchos retos los que se me han presentado en estos últimos años,  pese a la actitud que he tenido en ocasiones ante la adversidad y dificultad me han servido para crecer y hacerme fuerte. La mayor fuerza está en creer en uno mismo y  saber dar lo mejor de nosotros mismos para querer a los que nos rodean. La vida es un reto que implica arriesgarse muchas veces y no lo olvides “quien no arriesga tampoco vive”.

 

Conclusión y agradecimientos     

Con este artículo deseo ayudar con mi testimonio a las familias con niños con Síndrome de Down, alentarles y darles mi apoyo y como profesional de la educación, poder ofrecerles mi asesoramiento personal ya que deseo algún día llegar a ser profesora de apoyo. Dejo mi dirección de correo electrónico como contacto  para cualquier consulta

Quisiera concluir este artículo agradeciendo a mi familia que me ha ayudado a superar las dificultades en todo momento, a mis profesoras de apoyo que tuve en el colegio especialmente a mi tía Yolanda que me ofreció clases de estimulación temprana desde los 2 años además de clases de apoyo en las asignaturas que necesitaba en cada curso escolar, a mis amigas, por lo mucho que me han querido siempre, por su paciencia y cariño y sobre todo agradezco a todos los que me rodean porque han estado siempre ahí en los momentos que más lo he necesitado. También doy gracias al personal de la Revista de síndrome de Down y a la fundación Down 21.org por dejarme publicar este artículo, hacen una labor increíble, Gracias. ”

miriamviru@hotmail.com

Nueva colaboración

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Hace mucho tiempo oí hablar de Miriam en mi ciudad, Pamplona, pero hace sólo algunos días tuve el placer de compartir un café y una magnífica conversación con ella.

Cada día valoro más la vida, las coincidencias, los descubrimientos… y conocer a Miriam ha sido uno de ellos.

Hace mucho que la admiraba. Miriam tiene 30 años, Síndrome Down Mosaico, estudios universitarios y una increíble capacidad de captar la atención de quien la escucha.

Actualmente, Miriam también da clases particulares a mi hermana, a mi Gaiso – quienes nos seguís ya la conocéis- y ya no sólo la estimo sino que agradezco inmensamente que despierte en mi hermana ese afán de superación, que nadie mejor que ella es capaz de mostrar.

Gracias Miriam por ser un ejemplo de fuerza, progreso, perseverancia y por haberte adherido a este blog.

En esta sección “Testimonios”, Miriam colaborará con nosotras exponiendo los artículos que mensualmente publicará para “Cuadernos de Pedagogía”,  y todo cuanto ella crea conveniente compartir. Espero que los disfrutéis.

 

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Bienvenido 2016

Abro mi maleta para marcharme diez días. Con un pie en el año 2015 y otro en el 2016.

En mi afán por  adquirir el hábito de una vez por todas de empacar maletas pequeñas, con lo necesario, y con sentido común, me quedo mirando a ese jersey.
El  suéter que me acompañó en el pasado y me ha acompañado este 2015 tan redondo. Y lo meto en la maleta sin miramientos, sin supersticiones…y de pronto me pregunto para qué ocasión lo escogeré en el 2016. Y de pronto un pequeño vértigo… y de repente también un poco de emoción.
Echo por unos instantes la vista atrás y reparo en la idea de que hubo personas que me vieron con él puesto que ya nunca más volverán a advertir que el escote en la espalda es mi escote preferido. Y que el color negro siempre jugará en mi equipo.
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Y me doy cuenta de que hay personas que me vieron con él puesto, cualquier noche perezosa en la que sabes que es una apuesta segura. Y que esas mismas personas seguirán en mi vida en 2016 y sabrán perfectamente que en la ocasión en que  vuelva a ataviarme con él, será porque me hace sentir segura y porque no será un día para innovar. Y sabrán probablemente que me pintaré los labios de rojo porque hacen un match perfecto; y también sabrán exactamente cuál es mi estado de ánimo y con quién he quedado.
Y también advierto que hay personas que nunca me han visto con ese jersey -ni falta que les hace- porque esas personas no necesitan indicios; esas personas ya saben que el escote en la espalda es mi escote preferido; que nunca tengo suficiente ropa negra; que los días en que me pinto los labios de rojo se perciben a leguas, porque mi estado emocional me delata. Sabrán incluso qué canción está sonando mientras me visto con la citada prenda, y la canción que sonará la mañana siguiente.
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Sin apartar la mirada del jersey negro de punto seda, con la espalda totalmente descubierta y una lazada en la nuca, brotan involuntariamente ráfagas de imágenes de momentos lejanos y de los más actuales. Y no soy capaz de fantasear siquiera con una imagen futura. Esto no me genera ningún desasosiego. Lejos de alarmarme, me decanto finalmente por doblar este atavío e introducirlo en mi maleta con descomunal emoción. La emoción de sentir cómo en un instante y con un sólo gesto estoy despidiendo a este año que se va y dando paso al que quiere entrar. Y no me deshago de los recuerdos porque creo firmemente que el ser humano nunca tendrá poderes necesarios para exterminarlos. A ellos también los subo conmigo al tren y los traeré de vuelta aceptando que siempre seré resultado de cada una de mis vivencias, también de las que me hicieron daño.
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 Y me pregunto cuál de todas las veces que  he vestido este jersey he sido más feliz. Y soy incapaz de seleccionar sólo una de entre todas las demás. Me propongo entonces pedir un deseo y tampoco me siento muy capacitada; demasiada responsabilidad.
Y vuelve la borrasca de imágenes remotas y recientes y un denominador común…en las instantáneas que se me manifiestan nunca aparezco sola. Todos vosotros, quienes de alguna manera formáis o formastéis parte de mi vida inspiráis mis fantasías.
Y continúo sin  lograr pedir un deseo para este nuevo año. Quizás pedir más de lo que tengo sería muy codicioso. Y prosigo sin vislumbrar qué me deparará el año 2016. Pero cierro la maleta con una idea muy clara y es que vista la prenda que vista, se impregnará de las personas que me acompañan. Las personas fascinantes y admirables con las que pasaré estos próximos diez días y aquellas que completaréis mi viaje los trescientos cincuenta y cinco días restantes.
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Gracias.
¡Feliz 2016!
Érato.

Cerrado por vacaciones

Este post iba a publicarse dentro de una semana. El día en que inicio mis vacaciones. Pero he decidido adelantarlo – qué locurón-  porque mi mente, mi cuerpo y mi alma ya están de vacaciones.

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“Desaparecer del mapa”:  hasta que no llegué a esta casa nunca había utilizado esta expresión, y no sé cómo he podido vivir tantos años prescindiendo de ella.

El otro día recibimos la visita de un familiar en nuestra ilustre villa y hablando de lo terrenal y de lo extraordinario salió a relucir la citada locución ante los ojos de estupefacción de la invitada. “¿desaparecer del mapa?, ¿quitarse del medio?, pero ¿de qué estáis hablando? ¿no iréis a hacer alguna tontería?”  Nada más lejos de la realidad.

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No encuentro que exista una oración más oportuna que  “desaparecer del mapa”  para expresar exactamente qué es lo que pienso hacer el próximo mes.

Cierro el chiringuito porque “estoy cansada” – y aquí nada mejor que poner el tono de la Pantoja despotricando contra su familia política- y porque es de vital urgencia que me ausente un tiempo.

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Cuando en estas líneas hablo de desaparecer del mapa me refiero simple y llanamente a desconectar unos días de casi todo. Porque este curso – sí, voy a medir los tiempos académicamente- , si algo ha sido, es intenso.

Ha sido un curso de encontrarse un lunes en la luna, y un martes en el fango. Un curso de sorpresas. De más sorpresas. Un curso de coincidencias. Un curso de echar de menos. Y un curso de echar de más. De aprendizaje de valor incalculable. De madurar y de pronto volverse más niña que nunca. Un curso de profundizar el concepto de no planificar nada. Ni siquiera si dentro de ocho horas tomarás tostadas o cereales. Un curso vertiginoso. Un curso de cosechar éxitos. O mejor, de superar con creces la meta que habías implantado. Un curso de ejercitar la paciencia y de corregir los impulsos.  Un curso de comenzar a mirar la vida con otra lente.  De conocer caras nuevas y de reapariciones de rostros de matusalén. De engancharse rápido y desintoxicarse más rápido todavía. Un curso de lágrimas en silencio y cánticos ensordecedores. Un curso sin duda inmemorial. Pero estos próximos días, me quedo a ver los toros desde la barrera.

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Me marcho – cómo me encantaría continuar con un “para no volver” categórico y acompañado de melodía y palmas- casi un mes y mi única preocupación va a ser qué ropa y qué libros meteré en mi maleta.

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Desaparezco del mapa, que viene a significar, estaré a lado de los de siempre. De los que no causan sobresaltos. A lado de quienes sabes que todo estará bien. Que en estos días no habrá sitio para descifrar comportamientos ajenos y extraños, ni rendir cuentas a nadie. Tampoco para ser políticamente correcta, porque con los de siempre no hacen falta decoros.

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Desaparezco del mapa para tener conversaciones sustanciales sólo conmigo misma.

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Y para prender con más fuerza esa luz que en estas fechas ya parece que se mitiga.

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Desaparezco del mapa para perderme – en mi caso es un perderse, extraviarse, descarriarse… literal- con un coche por carreteras de municipios colindantes con mi aldea al son de mis canciones preferidas.

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Desaparezco rotundamente del mapa para todo aquello que venga acompañado de ambigüedad, desinterés, insustancialidad, y que no me sirva ni para taco de escopeta. Para todo esto desaparezco del mapa y también digo adiós.

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Desaparezco del mapa de las emociones fuertes por unos días, de la tensión y agotamiento.

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Desaparezco del mapa pero sé quiénes sabéis dónde y cómo encontrarme. Y yo os invitaré a evadiros conmigo. Sin más lecciones, sin más acertijos. Sin nada que requiera el menor esfuerzo. Pendientes sólamente del parte meteorológico y de bebernos el verano a sorbos muy pequeños, saboreando cada matiz, a pesar del ansia y la sed, a pesar de todo.

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Que desaparezco del mapa a sabiendas de que tengo asignaturas pendientes, pero esta vez, las dejo para septiembre.

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Érato.


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